La terapia

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Soy psicóloga y terapeuta gestalt. Tengo otras formaciones y miradas que me nutren y sustentan (PNL, sistémica, eneagrama, etc.), pero algo que tiñe mi forma de trabajar es lo fenomenológico. Paco Sánchez, en su libro Constelaciones Familiares: una guía de trabajo, lo describe así: “trabajar con lo que hay, con lo que se presenta y tal como se presenta, evitando, en la medida de lo posible, juicios e interpretaciones, y prescindiendo del análisis de causas así como de etiquetas diagnósticas o de cualquier otro tipo de pre-juicios. (…) Es el método del paso a paso. Hasta que no se da un primer paso no es posible determinar o establecer definitivamente cual será el segundo. (…) Sin itinerario prefijado. Aunque dispongamos de modelos o referencias cognitivas que nos permitan encuadrar lo que vamos haciendo.”

He tardado varios años en dar espacio a ese “estar sin saber lo que va a pasar”. En terapia, me siento frente a una persona, sin saber qué va a suceder, cómo va a transcurrir la sesión, qué dirá, ¿Llorará? ¿Me criticará? ¿Me querrá? Entonces aparece la incertidumbre… Al inicio de mi quehacer terapéutico vivía el “no saber” con ansiedad, como si me faltara algo. Ponía en duda lo que hacía y cómo lo hacía y, obviamente, probaba de llenar ese vacío con propuestas. Actualmente, miro la incertidumbre como una compañera en la que me puedo apoyar: “sé que no sé”. Y le pongo a mi favor, brindándome infinidad de posibilidades. ¡Cuánto descanso puedo encontrar en esta frase!

Si supiera (o lo supiera todo, cosa imposible), arrastraría el río hacia dónde me conviniera, coartando al otro, a mí misma y a la relación terapéutica.  “El no saber” me permite bailar con el flujo de los acontecimientos, dejándome sorprender por ellos y atendiéndoles a su compás. El no saber me conecta con la humildad, con ver que la terapia la vamos tejiendo entre cliente y yo, a nuestra medida, a nuestro ritmo… Desde el respeto propio y el respeto al otr@. Y con la única pretensión de ser y estar aquí y ahora. Lo que hay, está bien (escapando del sentido cristiano del bien y el mal).  “El no saber” en la terapia es una invitación a aceptar lo que es y lo que hay tal cual aparece.

Quiero señalar que, para que esto funcione, he tenido que cultivar una base teórica y metodológica con la que sustentarme, como decía al inicio. Ésta me da un marco y me orientan a la hora de mirar al otro, de escucharle, de verle… Y, por otra parte, saber que tengo esa base fortalece mi confianza, y esto me permite entrar en el “no saber”.  Una parte no funcionaría sin la otra; es cuestión de equilibrio. Aprender a mirar sin saber lo que vamos a ver.

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